Opinión Relatos

Relato de una jornada de vacunación

¿Dolor? Como con cualquier otra vacuna o, tal vez, un poco más que con la rutinaria vacuna contra la influenza.

“Nada más una pequeña molestia, no se preocupe”. Con estas palabras la enfermera a cargo de suministrar la dosis alerta a los futuros inmunizados. La superficie del lugar (un estacionamiento de tres niveles adaptado para la jornada) se aprovechó con mesas y filas de sillas, cinco por cada lado. Un vistazo a las otras mesas permite observar a personas nerviosas, otros ansiosos, algunos listos con cámara en mano para documentar el momento preciso, mientras que otros presionan la parte superior de sus brazos con un algodón para contener las pocas gotas de sangre que emanan del punto de inmunización.

 A lo lejos se distingue, aunque con algo de trabajo, personal de la Secretaría de Marina en rondines disimulados, casi esporádicos. El resto del personal encargado de la organización destaca por sus característicos chalecos verdes, la minoría, aunque no por eso menos importante, se distingue por sus batas blancas, mientras que las enfermeras, encargadas de las mesas y aplicación de las dosis, resaltan por su característico atuendo de gala.

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La entrada al recinto es simple, la palabra clave se convirtió en el lema del día: “no hay filas, solamente le piden el código y una identificación”. Con la aprobación del primer filtro se entrega una ficha de cartón con el símbolo de la ciudad. Más adelante se suministra gel para desinfectar manos y se procede a la toma de la temperatura, dos procedimientos muy rápidos después de los cuales más de diez personas me dieron los buenos días.

En el primer nivel del recinto se colocaron mesas donde el personal, amablemente, apoya en el llenado del expediente de vacunación; algunos datos muy generales de contacto, otros más personales que ayudan a monitorear a quienes tal vez podrían presentar reacciones adversas. Completado este paso te dirigen a una rampa que anuncia el punto más esperado: “área de vacunación”.

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Conforme se sube la rampa se organizan filas de cinco personas que son colocadas en hileras de sillas dispuestas estratégicamente. En cuanto se llenan los cinco lugares el personal verde se coordina con las enfermeras en mesa, cuando se liberan cinco sillas en mesa se pasa a la fila que está en espera. Ya en la mesa se dan indicaciones generales que, por el ajetreo del recinto y la mala acústica del propio lugar, a penas son perceptibles para quienes nos tocó el último lugar de la fila.

El paso que despierta mayores expectativas es la muestra de las dosis: nuevas, selladas y bien empaquetadas. Sin mayor preámbulo se pide descubrir el brazo contrario al que se utiliza la mayor parte del tiempo (izquierdo para los diestros, derecho para los zurdos, quienes usamos ambos tenemos que decidir cuál trataremos de usar menos). A la brevedad se recogen mangas, se abren botones y se escuchan algunos suspiros que delatan algo de miedo a las agujas.

Las enfermeras encargadas de suministrar se acercan a la hilera, uno a uno muestran el líquido inmunizante, garantizan que es jeringa nueva, alertan con la famosa “nada más una pequeña molestia, no se preocupe” y después del procedimiento se muestra que no queden restos de la vacuna.

¿Dolor? Como con cualquier otra vacuna o, tal vez, un poco más que con la rutinaria vacuna contra la influenza. Un ligero cosquilleo en los dedos del brazo inyectado, pero a los pocos minutos desaparece. El resto del día se percibe el dolor, aunque no es nada del otro mundo. Eso sí, algo de mareo que se presenta a los pocos minutos y persiste hasta unas horas después.

Ya inmunizados se nos dirige al último lugar del recinto, igualmente lleno de sillas para acomodar a los presentes. Nos recibe una grabación con indicaciones generales sobre posibles efectos secundarios, qué hacer en caso de presentar alguno y se recomienda, en todo momento, alertar al personal que vigila si en ese instante se identifica algún malestar. Al fondo se percibe un sonido amigable, melodías familiares a cargo de una orquesta que, salvo pocos momentos, no para de amenizar el momento. Según se reconocen en los murmullos, para muchos el acto musical corona la jornada y concreta las esperanzas de inmunización.

Después de diez minutos (menos del tiempo recomendado para esperar reacciones agresivas) nos piden que nos retiremos, agradecen por nuestra paciencia, nos llenan de excelentes deseos y nos exhortan a mantener las recomendaciones para contener la pandemia: cubrebocas, lavado de manos, sana distancia y, claro, se repite varias veces el tan famoso “quédate en casa”.

Afuera los inmunizados nos dispersamos, algunos toman transporte, otros buscan a sus familiares y el resto camina.  Al poco tiempo los que salieron de recibir su dosis se confunden con familiares y con los chalecos verdes encargados de la organización. Claro, afuera es otra historia porque se olvidan los cubrebocas y se pierde la “sana distancia”.

*Me suministraron la vacuna CanSino en la ciudad de México, sede ITAM-posgrados, alrededor de las 10:15 de la mañana el 19 de mayo del 2021*

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